Los nervios comienzan, juegan en el filo de convertirse en pánico, el vendaje parece inexistente, la adrenalina hasta tope que nos lleva a pensar en vengar hasta nuestros antepasados, esas ganas de salir victorioso, son pasmadas, por ese silbido de la patada inicial, jugadores corren, y observas a amigos, hermanos colegas cayendo frente a ti, aveces con tackleadas mortales, que prometen una lesión segura, pero ese odio, esa terquedad, de querer ser el mejor te hace dejar a un camarada caído solo por ir tras del dichoso que lleva el ovoide. Las gradas repletas, sin lugar a dudas, están las familias de aquellos guerreros, que se encuentran en el emparrillado, casi se puede oler la sangre hasta las tribunas, y se observa aquel padre que orgulloso anima a su hijo a humillar, herir, maltratar, ofender y dejar tendido al ser humano que tiene de frente.
La pelota sigue en movimiento el quarterback se da el lujo de fallar unos cuantos pases, jugando con la resistencia de sus linieros ofensivos:; esos muros danzantes, que abren paso, a cinceladas, se abre poco a poco aquella montaña, la gacela bien entrenada corre, brinca, golpea pero se cae, lucha por cada yarda hasta que las piernas ya no dan de si, pero eso no importa el orgullo está en juego, la montaña no cede ni un centímetro más, el mariscal cambia de estrategia, sin ser menos efectiva, se recurre al aire, hombre se amontonan, empujan gritan, se acomodan solo para estorbar aquel nanosegundo que sirva para distraer a ajenos y extraños, pero eso no es suficiente, la bomba ya ha sido lanzada, se recorre una distancia que por todo lo que han luchado, parece un desperdicio si no se logra esa jugada, con los nervios de punta el olor del césped, en tu cuerpo se abre paso aquel fenómeno inigualable, que se hace presente en la boca de locales y visitantes, la gloria o la muerte.
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